Un siglo de salud mental

A principios del siglo XX, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, se quejaba de la poca sensibilidad que tenían los sistemas sanitarios de la época hacia el sufrimiento psicológico y exhortaba a que en el futuro se tuviera en cuenta esa realidad. Cuando una persona padecía una enfermedad mental grave, se la ingresaba, a veces durante gran parte de su existencia, en un manicomio. Los manicomios eran instituciones cerradas que, por lo general, dependían, no del ministerio de sanidad, sino del de interior, lo mismo que las cárceles.

La división del trabajo entre ambas instituciones era clara: a las cárceles iban los que atentaban contra la vida y la propiedad de las personas (asesinos, ladrones o violadores) y a los manicomios aquellos cuyos comportamientos, a veces estrafalarios, contravenían las normas sociales y la convivencia familiar.

Hasta el siglo de las luces, a los enfermos mentales se les consideró poseídos por el demonio o víctimas de extrañas brujerías, convirtiéndose poco a poco en objeto de estudio de una nueva especialidad médica, la psiquiatría.

Las dos guerras mundiales supusieron un avance importante para la nueva ciencia porque, por una parte, estimuló el diagnóstico clínico con el fin de excluir a personas mentalmente enfermas de ser enroladas en el ejército y, por otra, hizo que surgieran terapias para tratar a aquellos soldados que, expuestos a situaciones traumáticas, desarrollaban graves alteraciones emocionales.

El nacionalsocialismo alemán aprovechó la existencia de los manicomios para realizar su programa radical de purificación racial. Cuando los nazis llegaron al poder, había ingresados en los manicomios alemanes unos 350.000 enfermos mentales a los que estigmatizaron con expresiones despectivas como comedores inútiles o vidas indignas de ser vividas. Nada más empezar la guerra, Adolf Hitler firmó una autorización secreta para proceder a la muerte por compasión de todos aquellos que los psiquiatras consideraban incurables. Las cámaras de gas en la Alemania nazi se inventaron para eliminar a los enfermos mentales sin posibilidades de curación y, después, se emplearon para el exterminio de los judíos europeos. Durante los primeros meses de la guerra fueron gaseados de forma secreta, sin el conocimiento de las familias, decenas de miles de enfermos en seis manicomios, estratégicamente distribuidos por Alemania y la Austria anexionada.

Después de la Segunda Guerra Mundial la institución del manicomio cayó en el mayor de los desprestigios por dos razones fundamentalmente. La primera por cómo el nacionalsocialismo alemán había abusado de su existencia y la segunda porque investigaciones rigurosas demostraron que el ingreso en un manicomio, más que curar a los enfermos, contribuía al empeoramiento de su estado mental. Las campañas para lograr su cierre definitivo no se hicieron esperar, lo que ocurrió al mismo tiempo que se inventaban nuevos psicofármacos y nuevas terapias psicológicas y sociofamiliares.

El cierre de los manicomios fue acompañado por el surgimiento de nuevas estructuras asistenciales más acordes con la dignidad de los enfermos y con los derechos humanos. Nuestro país se incorporó, una vez más, con retraso a esa ola de modernización de la asistencia en Salud Mental porque, entre otras razones, coincidió con el final del franquismo y con el nacimiento de la democracia.

La ley general de sanidad de 1986, que ahora cumple 30 años, fue la que sentó las bases para el cierre definitivo de los manicomios. Además de universalizar la asistencia sanitaria y de descentralizarla, la ley ratificaba la equiparación del enfermo mental con el enfermo somático de forma que, paulatinamente, ambos utilizarían las mismas estructuras sanitarias, con lo que se acababa con siglos de apartheid del enfermo mental.

Los cambios en el tratamiento de las enfermedades mentales en el último siglo han sido espectaculares: de estar recluidos en los viejos manicomios y ser sometidos a tratamientos que se asemejaban a torturas (cadenas de sujeción, electroshocks o duchas de agua fría) a vivir como un ciudadano más que cuando tiene una recaída acude al mismo hospital en el que ingresa una persona que tiene, pongamos por caso, un infarto. El precio de este cambio lo han tenido que pagar, a veces, las familias sobre todo en casos graves, complicados y que, además, se niegan a someterse a los tratamientos prescritos.

Por otra parte, se ha comenzado a dar una gran importancia a los aspectos preventivos de la enfermedad mental. Así, cuando existe un atentado terrorista o una catástrofe natural, además de acudir inmediatamente al lugar del siniestro los equipos médicos, éstos suelen ir acompañados de especialistas en Salud Mental. Todo trauma tiene su correlato psicológico y, cuanto antes se actúe, más se pueden prevenir las secuelas mentales a medio y largo plazo.

La crisis económica actual ha disparado el número de personas que ha requerido tratamientos en Salud Mental por cuadros de ansiedad y/o depresión, mientras que los recursos humanos para atenderlos han disminuido como consecuencia de los recortes. Aunque se ha avanzado mucho, no conviene olvidar que al sufrimiento mental habría que prestarle tanta, o más, atención que al sufrimiento somático por lo que es necesario fomentar las investigaciones sobre su etiología así como mejorar las alternativas terapéuticas. Por último, recordar que reducir la tasa de suicidios, una tragedia de escasa visibilidad pero de repercusiones personales y familiares dramáticas, debería ser el objetivo de una asistencia en Salud Mental moderna y cimentada en bases científicas.

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